Monica Nita

Hola Waco:
Quería agradecerte y…¡qué manera más directa que contándote mi experiencia, una de las más bonitas que he tenido en esta vida, de dar a conocer los sentidos que casi de repente despertaron en mí una fría noche de invierno!
Llevaba tiempo, años, sintiéndome bastante infeliz, sintiendo que vagaba por el mundo sin conocer el rumbo, como una triste hoja a la que el viento sopla en otoño, de aquí para allá. No sabía exactamente qué era lo que me estaba pasando, pero sentía que no vivía desde la plenitud de mí ser. Buscaba, sin saber qué, pero sintiendo que con cada día que pasaba me acercaba cada vez más a aquella cosa aún velada, que tanto anhelaba mi Alma. Sé que la mayoría de las personas vivimos durante cierto tiempo o incluso durante toda una vida, como zombies, sin saber qué nos pasa y por qué nos pasa y que, cuando queremos averiguarlo, nos topamos con muros tan altos que abandonamos la búsqueda de respuestas, transformándonos en el mejor de los casos, en para siempre medio-felices no buscadores conformistas, personas ideales en un sistema al que no le gusta demasiado el despertar. Pero como siempre he sido una rebelde sin causa, una buscadora sin muchos miedos, nunca pude dejar de preguntarme: “¿Qué es lo que te pasa, chiquilla?”. Y cuando quieres algo con toda tu alma, las casualidades aparecen…

Un día visité a un amigo y empezamos a hablar de chamanismo. Después de un rato, él me dijo que conocía un hombre que lo practica y me dejó su teléfono. Así que llamé, tardé como una semana, porque quería formularme las frases – ¿cómo iba a llamar a alguien a decirle: “Oiga Usted, no tengo la puñetera idea qué es lo que quiero, pero sí sé que me siento un poquitín infeliz y a lo mejor Usted me podría ayudar…Porque yo vivo y no sé por qué vivo, he leído mil libros y he practicado mil artes y sé en lo más profundo de mi alma que estoy (y estamos) aquí para ser felices, para amar, para crecer. Pero no sé porque yo no puedo conseguirlo…”. Al final no encontré una formula que encubriera lo que sentía, así que decidí llamarle sin más. Le dije que simplemente quería una consulta, que no sabía para qué. Waco me dijo que lo iba a consultar con sus espíritus, a ver qué necesitaba, y que me volvería a llamar – cosa que hizo el día siguiente, diciéndome que me hacía falta una extracción, una recuperación del alma y encontrar mi animal de poder y fijamos un día para vernos. El día llegó y…no contaré en detalle (aunque se lo merece más que de sobra) cómo fue la consulta, porque no quiero influenciar con mi subjetivismo las experiencias que puedan tener otros. Solo diré que sentía el amor de ese hombre como un aura a su alrededor, un aura que calentaba mi alma, haciéndome sentirme protegida, amada sin ser juzgada y por ninguna razón concreta. Era un amor tan puro, tan… poco común, que siempre su recuerdo me reconforta, aunque haya pasado cierto tiempo desde entonces. Antes incluso de que Waco me dijese que había encontrado mi animal de poder, sentí una presencia amorosa dentro de mí. Luego supe que era “mi compañera de viaje”. Pero lo más asombroso fue cuando Waco me dijo las edades a las que mi alma se hizo añicos, rompiéndose en pedacitos que volaron lejos de mí y que luego supe que era el motivo por el que siempre me sentí incompleta. Tanto las edades, como los símbolos que utilizó para orientarme (como si hubiese podido olvidar alguna vez esos momentos!) hicieron que me estremeciera. Después me dijo que fuera a abrazar un árbol – cosa que hice después de la consulta. Me fue a un bosque, cerca de casa. Me adentré en él para que nadie me viera, aunque estaba ya bien entrada la noche y lloré abrazando ese árbol, sintiendo como su energía se hacía una con la mía, sintiendo como esos trozos de alma que me habían abandonado volvían poco a poco. Lloré mucho. Y más aún, grité, sintiendo como junto con mis gritos, el dolor que llevaba dentro se salía, desde lo más profundo de mi alma. Luego sentí como mi alma se estaba elevando al cielo, alegre, joven, fuerte, maravillosa, respondiendo con amor a este amoroso Universo, rompiendo el caparazón que la aprisionaba, igual que una brizna de yerba en primavera. Fue una catarsis de la que salí cuando empecé a sentir como el frío me helaba.
Siguieron días de integración, de asimilación de la experiencia. De hecho creo que aún sigue el proceso.

Luego participé en un taller que hizo Waco, donde nos enseñó como encontrar nuestros animales de poder. Tuve suerte, porque parece que conecto en seguida con ese método y los animales de poder las siento como presencias tan amorosas, protectoras y alegres que no encuentro las palabras idóneas para expresarlo – y hablo desde la experiencia directa. No sé qué son exactamente. Supongo que son energías que llevamos muy adentro en nosotros, desde tiempos inmemoriales. Al principio las sentía como presencias permanentes a mi lado, pero desde hace ya un tiempo solamente aparecen cuando me hace falta – y siempre es un reencuentro ameno, alegre y provechoso.

Ahora contaré otro efecto. Aunque no busqué ese resultado, sí que pasó y lo acepto como una bendición. Por aquí lo contaré, escondida detrás de los velos de Internet, donde nadie me conoce…porque ni mis amigos alguna vez lo supieron con certeza, aunque alguno sí lo sospechó. Estoy hablando de los problemas que tuve con el alcohol. No es que llegara nunca a ser alcohólica, pero sí, de vez en cuando (o sea, casi cada semana ), se me daba por llegar del trabajo, ponerme a escuchar música en los cascos y beberme una botella de vino (entera), a solas. Sabía que me estaba haciendo daño con eso (mi sabio cuerpo me lo dijo y en muchas ocasiones se rebeló, pobrecito…), pero nunca intenté dejarlo porque sentía que me ayudaba, que llenaba los huecos de mi alma. Siempre me decía: “Lo dejaré cuando llegue el momento oportuno. Hasta entonces ni quiero, ni puedo dejarlo. Y mientras nadie se entere…” – mientras nadie se entere, daba igual si me mataba o no, porque tampoco daba mucho por mi vida…Bueno, para resumir: que después de la sesión con Waco, ya no siento la necesitad de beber. El alcohol me produce tan rechazo, que de Noche Vieja brindé con mosto (sé que la abstemia total tampoco es buena, pero es lo que mi cuerpo pide ahora. A lo mejor, con el tiempo, sí podré por lo menos brindar alguna vez. Pero ahora, después de tantos años de abusos, mi cuerpo rechaza totalmente el alcohol). Nunca le dije a Waco que tenía ese problema, pero en el taller él nos contó que llenamos con vicios los huecos de las partes de almas que se van.

Una cosa que me sorprendió en Waco fue que él nunca me dijo qué tenía que hacer. Ni me lo sugirió siquiera alguna vez. El solamente me enseñó a buscar las respuestas en mi interior y me dio la fuerza y la energía que necesitaba para ello. El nunca me dijo: “Porque yo te lo digo, guapa, que sepas que tu alma es bella”. No, él simplemente me ayudó a abrir los ojos para poder comprobar por mí misma lo que él sabía. Desde que tuve esas experiencias, me despierto feliz por la mañana. Siento cada vez más la belleza del mundo, percibo las cosas de una forma real. Es como si me hubiera despertado de un sueño, constatando que, en realidad, vivo en un mundo tan bonito, tan bello, tan armonioso, que aún me pregunto cómo fue que antes no lo vi. Siento que vivo desde la totalidad de mi ser, con fuerza para decir al mundo: “Alto, ésta soy yo, no la que tú quieres que sea, sino yo. Y hago las cosas que me llenan el alma, aunque a ti no te guste. Y cuando quiero sonreír, sonrío, sin importarme si tú te piensas que soy tonta, porque sé que la vida entera es una sonrisa del Universo. Y si quiero bailar en ritmo de tambores, lo hago sin importarme si a ti te parece una locura. Y digo las cosas que digo porque así siento, no porque lo creo conveniente”. Ahora sé quién soy y no tengo ninguna gana de esconder lo que soy. Y siento como por fin, funciono con todo mi ser. Bueno, aún quedarán huequecillos sin llenar por allí, pero si los hay, pocos y pequeños serán. Pero ahora he empezado a vivir no porque tengo creencias, sino porque tengo certezas. Ahora, más que pensar, siento. Ahora, antes de juzgar, prefiero amar. Ahora ya no ahogo los recuerdos, sino que acaricio con amor la persona que era, abrazo mis experiencias entendiendo que fueron lecciones maestras en mi vida no para provocarme dolor, sino para ayudarme crecer. Ahora sonrío a la vida con una inocente sinceridad, sin esa máscara que tanto me ahogaba, pero que la tenía puesta porque tenía miedo a que me juzgaran. Y podría seguir aún más, mucho más, porque para mí esta experiencia fue un antes y un después, pero para resumir, me limitaré a cambiar una conocida frase en: “Amo, luego existo”. Y sé que ésta es la esencia de mi Ser, sé que para esto estoy aquí y sé que éste es mi camino. De momento no sé cómo lo conseguiré, qué tendré que hacer, pero sé que las ayudas me vendrán en los momentos más oportunos. Ahora no tengo más miedos, sino claridad. Ahora sé cómo se está cuando uno se siente feliz, en armonía, cuando conoce el propósito de su vida, las razones de su existencia. Ahora siento el amor del Universo fluyendo por mis venas y esto me da el poder de cumplir la promesa que hice antes de venirme aquí.

Un abrazo muy grande, ¡Waco!